lunes

Luz de Luna

Relato que presenté el año pasado en el concurso literario de mi instituto. Segundo premio :)


De nuevo el día empieza a despertar, poco a poco mis ojos se abren con cierto pesar. Es hora de levantarse y dejar atrás el mundo de los sueños. La habitación sigue en penumbra ¿Qué hora será? ¿Las siete?
A mi lado, Judith, sigue durmiendo.
-Judith despierta-
-Lucy, me da vueltas todo-Dice mi compañera mientras se vuelve a arropar- Además son sólo las siete. Déjame dormir cinco minutos más-.
Me giro, en el suelo todavía están las botellas de cerveza esparcidas. Las paredes de la habitación son blancas con recortes de periódicos colgados. Debajo de la única ventana que hay, está la mesa con más papeles, y a su lado, un armario. Y nada más. La visión es triste, sin nada de color, pero aquella era mi habitación. Ni si quiera Judith y yo podíamos llenar el armario con nuestras ropas, así que ¿para qué queríamos más?
Se oyen coches y una sirena de la policía a través de las paredes. Me incorporo. Recuerdo la borrachera de Judith de ayer, y sonrío, esta chica nunca cambiará. Y siempre que miro atrás en el tiempo me vienen imágenes de mi anterior vida.
Nací en un barrio de Burgos, en una casita a las afueras. Me llamaron Lucía, era el nombre favorito de mi madre. Tuve una infancia feliz, era una niña lisa y siempre estaba sonriendo. Mi hermana mayor y yo éramos como almas gemelas. Pero siempre que tienes algo feliz, te lo quitan. Nos tuvimos que mudar a Madrid, por el trabajo de mi padre y poco después le despidieron. Él se dio a la bebida, fue entonces cuando mi madre, una niña que había vivido toda la vida acostumbrada a los lujos, le dejó y nos llevo a mi hermana y a mi a las afueras de Madrid, en una casa parecida a la que teníamos en Burgos, en un intento en vano de llevar la vida que habíamos dejado en esa ciudad. Mi hermana mayor no aguantaba tanta hipocresía, mi familia estaba destrozada, y mi madre aparentaba ser feliz y que nos sobraba el dinero, pero en realidad casi no llegábamos a fin de mes. Una noche mi hermana no volvió a casa, había tenido una sobredosis de éxtasis. Nunca vi llorar a mi madre, ni si quiera en el entierro de hermana, me acuerdo que me cogió cuando todo el mundo se había ido y me dijo: “Lucía tenemos que comprar el pan, démonos prisa que cierran el súper” Ahí me di cuenta de que mi madre estaba loca y de que yo la odiaba.
Mi madre seguía aparentando que éramos felices, una familia perfecta. Y yo ya no aguantaba más, no parecía la hija sino la madre y tanta presión iba a acabar conmigo. Así que cogí lo poco que tenía y un par de fotos de mi hermana y me fui de casa. Con sólo 16 años mi vida cambió radicalmente, no sabía que comer, ni donde dormir, menos mal que le encontré.
Entro en otra habitación, parecida a la anterior. Dentro distingo dos cuerpos, les reconozco enseguida, son Yeray y Ana que están dormidos.
-Yeray, ¿ha vuelto Carlos? –Le pregunté ansiosa.
-¿Lucy? ¿Son las 7? ¿Carlos? No, no ha vuelto. Le habrán pillao los picoletos y estará todavía en la Guardia Civil- Dice mientras se despereza.
-¿Tú crees?- Sigo estando preocupada por él, nunca se ausenta por las noches, y si lo hace suele avisar.
-Ya sabes… las pintas- Dice mientras se ríe de si mismo.- Los policías siempre paran a los que andan en mitad de la noche y más a los que tenemos media cabeza rapada o a los que llevan cresas o algo.
Me reí también. Yeray tiene ese don, ¿cómo lo llaman?, de congeniar con la gente a la primera vez que hablas con él. Tiene tantos amigos que darían la vida por él… y gracias a él tengo un sitio donde dormir ya que el piso es suyo.
-Yo más de una vez he pasado la noche en el calabozo por las pintas y bueno también por encararme con ellos- Volvió a reírse. Le miré, la verdad es que si fuera una señora mayor y él estuviera en mi misma acera, me cambiaría a la de enfrente. Tenía el pelo rapado por los dos lados con la coletilla por detrás, un piercing en la nariz y un sin fin de pendientes en la oreja. Llevaba puesto una camiseta de Sociedad Alcohólica, su grupo favorito. Pero yo ya había aprendido que las pintas no es todo por lo que se juzga a una persona.
-¿Lucy? ¿Eres tú?- Era Ana la que hablaba ahora, la chica de Yeray.
-Tsss… Ana, sí, es Lucí, pero todavía son las 7 así que sigue durmiendo- Yeray la acunaba entre sus brazos, esa estampa hizo que le recordara, y volví a sentirme angustiada. No sabía donde estaba, no sabía si estaba bien, no tenía forma de contactar con él. ¿Qué hacer en esos casos?
-Estará bien. Carlos sabe defenderse muy bien.- Me dijo para tranquilizarme.
Volví a mirar a Ana, hacía tan buena pareja con Yeray que sonreí. Era una chica ideal para él. También ella tenía el pelo rapado, a la nueva moda, pero en este caso sólo por un lado. Judith y yo somos las únicas que todavía no nos hemos rapado ningún lado de la cabeza. Ella lo tenía corto y castaño y yo largo y de un negro azabache. Pero todo es en la casa teníamos un montón de piercings y pendientes. A mí especialmente me encantaba el de la nariz, Judith, Yeray y yo teníamos uno, Ana los tenía en el labio y en la lengua y además Judith tenía uno en el cuello que daba grima.
Sigo pensando en él, su amigo Rubén, un radical, tampoco había vuelto a la casa así que me quedó el consuelo de que Carlos a lo mejor estaba con él. Sonrío, cuando estaba sola en la calle pasando hambre y frío fue Carlos el que me encontró y me llevo a esta casa, fue él el que me enseñó el significado de felicidad. Se oyen las llaves de la puerta y salgo corriendo a recibirle convencida de que es él. Mi corazón ya late con fuerza.
-¿Luz?- ¿También él está ansioso por verme? Su voz ha apagado toda la tristeza que tenía hace diez minutos y la angustia de no saber donde está. Ahora sólo quiero poder abrazarle. Carlos está esperándome enfrente de la puerta, creo ver a Rubén detrás de él, pero no me molesto en comprobarlo. Mis ojos se han centrado en un punto. Él está sonriéndome y extendiéndome los brazos como si hubiera sabido ya mi necesidad urgente de abrazarle o porque simplemente él también me había echado de menos. Su pelo negro como el carbón rapado por los dos lados, parecido al estilo de Yeray; su sonrisa que hace que me tiemblan las piernas; como viste, siempre de negro o en su defecto de color oscuro; sus fracciones de niño bueno, a pesar de sus pintas… Todo en él me volvía loca. Pero mis ojos pasaron por alto todo lo anterior, no, mis ojos se centraron en sus ojos, era todo lo que quería ver de él. Tan azules, tan brillantes… ¿Y él me llamaba Luz? Sonreí otra vez y salté a sus brazos al fin. A causa de mi entusiasmo acabamos los dos rodando por el suelo.
-Si llego a saber que te pones así al no pasar una noche conmigo lo hubiera hecho hace bastante tiempo.-
-Ni se te ocurra, no lo vuelvas a hacer.- Su brazo está rodeando mi cintura, y todas las dudas que tenía de si ir a buscar a mi padre, de volver a vivir con mi madre, de empezar otra vez de cero… Quedaron disipadas cuando me besó. Sabía que iba a tener que luchar día a día, sabía lo que me esperaba al haber dejado de estudiar, sabía que no podía aspirar a un trabajo “respetable” que me diera mucho dinero. Pero si Carlos estaba conmigo era capaz de enfrentarme a lo que fuera, aunque pasara hambre siempre sería feliz. Le volví a besar.
-¿Sabes? Ya sé cual va a ser mi futuro- Él solamente sonrío y me miró.- Y no me importa.

1 comentario:

Nicir dijo...

Me ha encantado! Aunque, si fue este el segundo premio, no e imagino el primero O.O